El principio del fin del monopolio del Polisario
La airada reacción del representante del Polisario en Nueva York frente a la intensa agenda diplomática desplegada por el Movimiento Saharauis por la Paz (MSP) en su reciente visita de trabajo en la sede de las Naciones Unidas con reuniones con embajadores de países tan relevantes como Estados Unidos y Francia, no constituye un simple desliz táctico.

El Representante Permanente de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, junto al primer secretario, Hach Ahmed Barikalla, acompañado por los destacados miembros de la Comisión Política, Hadja Baboit y Mohamed Lamine Ennafaa, así como por Mohamed Cherif, responsable de Relaciones Internacionales
Es la manifestación de una inquietud mucho más profunda: el temor de una organización que, durante más de medio siglo, dio por incuestionable su monopolio de la representación política del pueblo saharaui y que ve surgir desde sus propias entrañas una corriente opositora imparable y pone de relieve su enorme falta de carácter democrático.
Lo que realmente inquieta al Polisario no es la mera existencia del MSP, sino la rapidez con la que este ha logrado acceder a espacios diplomáticos de primer nivel, cuestionando en apenas un lustro el monopolio de representación que el Polisario consideró inalterable durante cincuenta y tres años. Incapaz de responder a ese desafío en el terreno político y diplomático, ha recurrido al viejo recurso totalitario de los movimientos revolucionarios de la Guerra Fría: desacreditar al adversario cuando ya no pueden ignorarlo.

Miembros de la delegación del MSP en el despacho del embajador de Francia ante las Naciones Unidas.
La acusación de que el MSP actúa como una supuesta «pantalla» de los servicios de inteligencia marroquíes no resiste el menor análisis. Al sostener esa tesis, el Polisario no solo intenta desacreditar a un movimiento saharaui emergente; termina poniendo en duda el criterio y la capacidad de verificación del Departamento de Estado de los Estados Unidos, del Consejo de Seguridad Nacional, de la CIA, de la DGSE francesa, del MI6 británico y de más instituciones de otros países. ¿Cabe creer que las principales cancillerías occidentales y sus servicios de inteligencia desconocen con quién se reúnen sus representantes? Pretender que Washington, París o Londres han sido engañados por una maniobra tan burda no solo resulta inverosímil; supone un insulto a la profesionalidad de instituciones cuya razón de ser consiste precisamente en evaluar la credibilidad de sus interlocutores, y una demostración de torpeza y falta de argumentos políticos democráticos.
El Movimiento Saharauis por la Paz cuenta con el apoyo de los líderes tribales saharauis a los que reconoce una representación incuestionable y un peso relevante a la hora de definir las estructuras sociales de los saharauis.

Lideres tribales saharauis durante la celebración de una Conferencia Internacional sobre el diálogo y la paz en el Sáhara organizada por el MSP. Photo Atalayar.
Pero esa acusación tampoco es nueva. Durante décadas fue el argumento utilizado para justificar la persecución de cualquier voz discrepante en los campamentos de Tinduf. Así fueron señalados dirigentes históricos como Omar Hadrami, Ayoun Lehbib, Brahim Hakim o Mustafa Barazani y cientos de militares y civiles que decidieron abandonar la guerrilla. Todos fueron acusados, en algún momento, de servir al enemigo. En la cultura política del Polisario, disentir siempre terminó siendo sinónimo de traición.
Resulta especialmente llamativo que quienes hoy recurren nuevamente a esa acusación pertenezcan a una organización sobre la que pesan graves denuncias de detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y torturas en centros clandestinos como la prisión de Rashid. Esa realidad pesa sobre la credibilidad de cualquier discurso moral, especialmente cuando en Washington comienza a abrirse paso un debate sobre una eventual inclusión del Polisario en la lista de organizaciones terroristas. Y cuando se incrementan las voces críticas sobre la dura represión que se vive en los campamentos de Tinduf, el destino de la ayuda internacional y el origen no saharaui de buena parte de sus actuales habitantes.
Existe, además, un detalle revelador que el Polisario prefiere silenciar. Entre los integrantes de la delegación del MSP que mantuvo reuniones en Nueva York con embajadores de varios países que le otorgaron reconocimiento como representantes de los saharauis, figuraba uno de aquellos antiguos perseguidos, Mohamed Cherif, responsable de relaciones internacionales. Fue acusado de conspirar con el enemigo, encarcelado y torturado durante años en los agujeros de Rashid, un infierno que haría que las mazmorras medievales pareciesen apartamentos de lujo. Sin embargo, lejos de convertir esa experiencia en un instrumento de propaganda, decidió hablar de reconciliación, de paz y de futuro. Ese contraste dice mucho más sobre la naturaleza de ambos proyectos políticos que cualquier intercambio de acusaciones.

Mohamed Cherif en la ONU. Photo Atalayar
Quizá esa sea la mayor derrota moral, política y social del Polisario: comprobar que incluso quienes padecieron su represión consideran hoy más importante construir el mañana que alimentar el resentimiento.
La receptividad mostrada por diversas misiones diplomáticas occidentales hacia el compromiso del MSP con una solución pacífica, sin vencedores ni vencidos, constituye un indicio de que el monopolio de representación política reivindicado durante décadas por el Polisario comienza a ser objeto de una creciente reconsideración. La comunidad internacional empieza a comprender que la paz no pasa por perpetuar una representación exclusiva, sino por integrar a todas las sensibilidades saharauis dispuestas a construir una salida negociada, realista y duradera.
Eso explica el nerviosismo de sus dirigentes. Lo que verdaderamente les inquieta no es una carta, una reunión o una fotografía. Les inquieta comprobar que el escenario diplomático ya no gira exclusivamente en torno a ellos y van perdiendo el apoyo de numerosos saharauis.
Ese ha sido, precisamente, el mensaje que la delegación del MSP ha trasladado a sus interlocutores en Nueva York: el renovado impulso que la Administración del presidente Trump parece querer imprimir a la búsqueda de una solución política al conflicto constituye una oportunidad histórica, quizá irrepetible, que los saharauis no deberían dejar escapar. De ahí la creciente inquietud de muchos de ellos ante el riesgo de que la persistencia del Polisario en una lógica de exclusión y confrontación termine frustrando una coyuntura diplomática excepcional. Ningún proyecto político debería anteponer la preservación de su posición dominante al interés superior de ofrecer una salida definitiva a un conflicto que se prolonga desde hace medio siglo.

El enviado personal del secretario general de las Naciones Unidas para el Sáhara Occidental, Staffan de Mistura, y el principal asesor para África del presidente de EE. UU., Massad Boulos – Photo redes
Persistir en esa estrategia constituye, además, un grave error político. Al negar legitimidad a cualquier otra voz saharaui, el Polisario no solo dificulta la construcción del consenso imprescindible para alcanzar un acuerdo político mutuamente satisfactorio; también corre el riesgo de autoexcluirse de una futura solución negociada. Ese riesgo se acentuaría si continúa consolidándose en Washington la corriente que cuestiona su papel y propugna su incorporación a la lista de organizaciones terroristas.
El verdadero desafío del Polisario ya no consiste en responder al MSP. Consiste en responder a una realidad mucho más incómoda: el tiempo del monopolio político toca a su fin. La historia avanza hacia el pluralismo, no hacia la exclusividad; hacia el diálogo, no hacia el relato único. Frente a ese cambio de época, el recurso al bulo y la desinformación no hará sino acelerar aquello que el Polisario más teme: el definitivo derrumbe de un monopolio de representación política que durante más de medio siglo confundió la voz de una organización con la voz de todo un pueblo.



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