La diplomacia de la desesperación
La visita del ministro del Polisario Abdelkader Taleb Omar a Nuakchot difícilmente puede interpretarse como una simple gira diplomática. Más bien refleja el momento de incertidumbre que atraviesa el Polisario, obligado a multiplicar gestos políticos precisamente cuando el escenario internacional empieza a evolucionar en una dirección que ya no controla.

El Movimiento Saharaui por la Paz organizó la III Conferencia Internacional para el Diálogo y la Paz en el Sáhara Occidental – PHOTO/ATALAYAR
No parece casual que esta iniciativa coincida con el renovado impulso de Estados Unidos en favor de una solución política basada en la autonomía, ni con la reciente recepción de una delegación del Movimiento Saharauis por la Paz (MSP) por las misiones de varios miembros permanentes occidentales del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Por primera vez en décadas, el monopolio de la representación saharaui que el Polisario consideraba incuestionable comienza a ser cuestionado. Ese cambio de escenario ayuda a explicar el nerviosismo con el que la organización intenta proyectar una imagen de influencia regional que cada vez resulta más difícil sostener.
En ese contexto debe entenderse el viaje a Mauritania. No responde tanto a una nueva estrategia como a la necesidad de demostrar que el Polisario sigue siendo un actor imprescindible.
Sin embargo, la contradicción es evidente. El Polisario, que después de cincuenta años de conflicto no ha conseguido imponer por las armas el Estado que prometió a los saharauis y que hoy carece de capacidad para modificar la correlación de fuerzas sobre el terreno, se presenta ante Mauritania como si estuviera en condiciones de ofrecer fórmulas de unión, cooperación o decidir el futuro del territorio. Resulta difícil imaginar una paradoja mayor: quien no ha logrado materializar su propio proyecto político pretende repartir un patrimonio que nunca ha estado bajo su control.
La ironía histórica es aún mayor. El mismo Polisario que hoy insinúa fórmulas de unión o incluso de confederación con Mauritania es el que, en 1979, desaprovechó una oportunidad inigualable para dejar parte del territorio fuera de la controversia con Marruecos tras el cambio de régimen en Nuakchot. En lugar de explorar soluciones imaginativas que hubieran podido reducir el coste humano y político del conflicto, la dirección del movimiento volvió a optar por la lógica del «todo o nada». Hoy, cuando ya no dispone de capacidad para imponer sus objetivos por la fuerza, ofrece como gesto de generosidad aquello que durante décadas rechazó siquiera discutir.
Algo parecido ocurrió durante los últimos años de la administración española en el Sáhara. Existieron fórmulas de autogobierno que pudieron servir como una transición política hacia la independencia y evitar décadas de sufrimiento. Fueron descartadas en nombre de una estrategia maximalista que el tiempo terminó desmintiendo. Resulta paradójico que quienes entonces rechazaban cualquier compromiso sean hoy los mismos que lamentan las dificultades para obtener un visado español o reivindican la nacionalidad española como un derecho que en otra época despreciaron por considerarlo incompatible con sus objetivos políticos.
Hay otro aspecto del discurso de Taleb Omar que tampoco pasa desapercibido. Ante la dificultad de ofrecer una alternativa política creíble, el Polisario vuelve a recurrir al miedo como instrumento de movilización. La insistencia en presentar la cooperación entre Marruecos e Israel como un supuesto proyecto de «sionización» del Sáhara y de la región parece buscar más la activación de reflejos ideológicos y religiosos que un análisis serio de la realidad geopolítica.
Convertir el conflicto del Sáhara en una confrontación entre el islam y el sionismo constituye un intento de desplazar el debate desde el terreno político hacia el emocional, apelando a los sentimientos del mundo árabe y musulmán cuando escasean los argumentos capaces de modificar la realidad diplomática.
Mientras Mauritania concentra sus esfuerzos en garantizar su estabilidad, atraer inversiones, desarrollar sus infraestructuras y afrontar los desafíos reales del Sahel —el terrorismo, el crimen organizado y el desarrollo económico— el Polisario continúa recurriendo a un lenguaje heredado de la Guerra Fría, donde las consignas pretenden sustituir a las soluciones.
Las autoridades mauritanas hicieron lo que cabía esperar de un Estado responsable: recibieron al visitante con la cortesía que exige la diplomacia, pero sin ofrecer el menor indicio de modificar una política exterior basada exclusivamente en sus intereses nacionales. Escuchar no significa adherirse.
La trayectoria del Polisario aparece así marcada por una larga sucesión de oportunidades desaprovechadas, errores estratégicos y una persistente incapacidad para adaptar su discurso a las transformaciones del contexto internacional. La política exige firmeza, pero también inteligencia para reconocer cuándo una estrategia ha dejado de servir a los intereses de aquellos a quienes dice representar.
Consciente de que hay oportunidades históricas que no se repiten, el Movimiento Saharauis por la Paz decidió extraer una conclusión distinta de las frustraciones acumuladas durante más de medio siglo. En lugar de perseverar en un camino sin salida, optó por abrir una nueva vía basada en el realismo político, el pragmatismo y la búsqueda de una solución de compromiso que preserve la dignidad y los derechos del pueblo saharaui.
Por ello, el MSP acogió favorablemente el impulso internacional reflejado en la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad, considerándola una oportunidad para avanzar hacia una solución política en la que no haya vencidos ni vencedores. No porque represente la satisfacción plena de las aspiraciones del pueblo saharaui, sino porque ofrece una base realista y sensata para poner fin a un conflicto que ha condenado a varias generaciones de saharauis al exilio, la división y la incertidumbre.
Es precisamente esa diferencia de enfoque —entre el inmovilismo y el pragmatismo, entre la nostalgia y la voluntad de construir soluciones— la que empieza a explicar el creciente interés que despierta el MSP en distintos ámbitos diplomáticos. Las reuniones mantenidas por su delegación con las misiones de varios miembros permanentes occidentales del Consejo de Seguridad durante su reciente visita a Nueva York evidencian que la comunidad internacional ha comenzado a escuchar también otras voces saharauis. El monopolio político que el Polisario ejerció durante décadas ya no puede darse por incontestable.
La historia demuestra que las oportunidades perdidas rara vez regresan. El Polisario ha dejado escapar, una tras otra, las ocasiones que podían haber evitado décadas de sufrimiento para el pueblo saharaui. Hoy, cuando se ve obligado a contemplar soluciones que durante años declinó con absoluta intransigencia, resulta inevitable evocar la célebre frase atribuida a la madre del último rey árabe de Granada, tras la pérdida del reino: «Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre.»
Más allá de su fuerza literaria, la comparación encierra una lección política: los pueblos no solo pagan el precio de la fuerza de sus adversarios, sino también el de los errores, la arrogancia y la incapacidad de sus dirigentes para reconocer las oportunidades que ofrece la historia.
El Movimiento Saharauis por la Paz nació precisamente de esa convicción: que no se puede cambiar el pasado, pero sí evitar que el futuro siga siendo rehén de los mismos errores. Esa es, en esencia, la diferencia entre perseverar en la desesperación o tener el coraje de abrir un camino nuevo.



Publicar comentario