Marcha Verde, Ceuta y otras comparaciones imposibles
Hay artículos que pretenden iluminar una cuestión y terminan haciendo exactamente lo contrario. El publicado por Mohamed Zrug, diplomático del Polisario de última generación, sobre los acontecimientos de Ceuta pertenece, me temo, a esa categoría. Parte de una cuestión jurídica probablemente legítima para terminar construyendo un paralelismo histórico tan forzado que acaba revelando más miopía política que rigor

Soldados españoles se encuentran en la frontera entre el enclave español de Ceuta y Marruecos, horas después de que miles de migrantes entraran en Ceuta por mar, vista desde Ceuta, España, el 30 de julio de 2026 – REUTERS/ FABIAN BIMMER
En su artículo en Info Sur Global, Zrug emplaza a Pedro Sánchez a decir que Marruecos está detrás de lo que califica de «agresión» por los incidentes en Ceuta. Para sostener su argumento recurre a la Marcha Verde de 1975 y establece un paralelismo que no resiste una mínima comparación de los hechos. La pregunta «¿quién?» puede ser pertinente. Lo que resulta mucho menos pertinente es pretender que la respuesta deba buscarse mirando hacia 1975.
La Marcha Verde y lo sucedido ahora en Ceuta no son episodios equivalentes, ni histórica, ni política ni jurídicamente. En noviembre de 1975, Marruecos organizó y anunció públicamente una operación de dimensiones extraordinarias: decenas de miles de personas movilizadas hacia el Sáhara Occidental, con logística preparada y respaldo militar. Pretender comparar aquello con un episodio de presión migratoria —como los que han sufrido Lesbos o Lampedusa— o con la incursión de jóvenes que intentaron recorrer apenas unos kilómetros de playa entre Castillejos y Ceuta supone confundir deliberadamente escalas y naturalezas. No es una diferencia de matiz, sino de categoría.
La propia respuesta internacional lo demuestra. El Consejo de Seguridad aprobó entonces la Resolución 380, pidiendo a Marruecos que retirara a los participantes de la Marcha Verde y buscara una solución pacífica con España.

Marcha Verde – PHOTO/ARCHIVO
Hay otra diferencia que Zrug parece pasar por alto: la Marcha Verde ocurrió en un contexto internacional completamente distinto. En noviembre de 1975, el Sáhara Occidental era un escenario de la Guerra Fría; Marruecos era un aliado estratégico de Occidente y Washington miraba con preocupación la influencia soviética y la actividad de Gadafi, así como el apoyo argelino al Polisario. La crisis llevó a Kissinger a intervenir, mientras la situación española —con Franco en sus últimos días y Juan Carlos pilotando la transición— formaba parte del cálculo geopolítico de Washington.
Nada de esto existe en la crisis de Ceuta. No hay una confrontación bipolar ni un régimen en transición cuya sucesión pueda alterar el equilibrio estratégico de Occidente. Convertir ahora una crisis fronteriza local en una reedición de la Marcha Verde es, por tanto, algo más que una comparación discutible: es fabricar una analogía para obtener una conclusión que los hechos no proporcionan.
La respuesta quizá sea sencilla: pescar en aguas revueltas. El problema es que las aguas pueden estar bastante menos revueltas de lo que algunos imaginan y el pez puede acabar siendo distinto del esperado.
El suspenso permanente en geopolítica
Detrás de esa comparación hay un problema más profundo: el gran suspenso que los dirigentes del Polisario llevan medio siglo arrastrando en geopolítica. España y Marruecos son países vecinos, unidos por una geografía que ningún discurso puede modificar y por una historia cargada de conflictos, agravios e intereses cruzados. Han tenido —y siguen teniendo— profundas divergencias. Pero también se necesitan mutuamente.
Eso es precisamente lo que el Polisario parece no haber entendido nunca del todo. Puede gustar más o menos, parecer justo o injusto, pero es una realidad estratégica: ningún Gobierno español va a emprender una confrontación de fondo con Marruecos que considere perjudicial para los intereses esenciales de España en nombre de una buena causa, por muy buena que esta sea. Y no tiene que ver exclusivamente con que gobierne la izquierda. Si mañana gobernara la derecha, cambiarían las palabras, pero difícilmente cambiaría esa realidad geopolítica elemental.
Por eso, imaginar que la coincidencia coyuntural de determinados sectores de la derecha española con algunas posiciones del Polisario sobre Ceuta puede desembocar en una política española de confrontación con Marruecos no es una estrategia política. Imaginar, puestos a exagerar, que puede terminar en una declaración de guerra o en el desembarco de los Tercios de Juan de Austria en favor de la República Saharaui es, sencillamente, una estupidez mayúscula. El Polisario debería aprender de una vez que una coincidencia táctica no convierte a nadie en aliado estratégico.
Aquí aparece, precisamente, la verdadera oportunidad que sus dirigentes parecen incapaces de ver. El objetivo inteligente no debería ser conseguir que España se enfrente a Marruecos, sino que España no sacrifique la cuestión saharaui en el sagrado altar de la buena vecindad con Rabat. Conseguir que Madrid defienda sus intereses bilaterales con Marruecos sin convertir el Sáhara en una moneda de cambio y preserve un espacio para una solución política justa, aceptable y realista sería infinitamente más útil para los saharauis que cualquier fantasía de enfrentamiento hispano-marroquí.
Pero para eso hace falta entender cómo funciona la política exterior española. Y ahí es donde el Polisario vuelve a suspender.

El líder del Frente Polisario, Brahim Ghali – REUTERS/ BORJA SUAREZ
La historia que el Polisario debería recordar
Hay, además, una ironía difícil de ignorar. Si alguien quiere buscar un episodio reciente en el que una decisión relacionada con el Polisario contribuyó a deteriorar gravemente las relaciones entre España y Marruecos, no hace falta remontarse a 1975. Basta recordar la entrada en España de Brahim Ghali bajo una identidad falsa, que provocó una crisis diplomática de enorme gravedad. Aquel episodio tuvo todos los ingredientes de una historia de espías de pacotilla: identidad falsa, entrada clandestina, traslado sanitario y documentación discutible. Contemplado con cierta distancia, parecía escrito más por los guionistas de Mortadelo y Filemón que por profesionales de la diplomacia o de los servicios de inteligencia.
Y, sin embargo, quienes ahora reclaman con solemnidad que España identifique al supuesto responsable internacional de lo ocurrido en Ceuta parecen tener una memoria sorprendentemente selectiva cuando se trata de aquel episodio. Quizá porque las preguntas incómodas dejan de resultar tan interesantes cuando pueden apuntar hacia uno mismo.
Aquel episodio dejó una lección que el Polisario debería haber aprendido: una decisión que deteriora gravemente las relaciones entre España y Marruecos puede terminar perjudicando a la propia causa saharaui. Las relaciones terminaron recomponiéndose, entre otras cosas, al precio de que Madrid asumiera el enfoque de Rabat sobre una solución basada en la propuesta autonómica, respaldada por Trump y hoy coincidente entre Washington y Madrid. Sería difícilmente justificable volver a cometer el mismo error.
La asignatura pendiente
Tampoco parece una apuesta especialmente brillante aprovechar la crisis de Ceuta aproximándose a los argumentos de la extrema derecha española. Puede proporcionar titulares y aplausos, pero conviene no confundir una coincidencia circunstancial con una alianza política. La extrema derecha española tiene sus propias prioridades: inmigración, fronteras, seguridad, soberanía y confrontación política interna. Su coincidencia con determinadas posiciones del Polisario respecto a Marruecos no significa que haya descubierto súbitamente una sensibilidad especial hacia la causa saharaui. No hay que hacerse demasiadas ilusiones.
El Polisario haría bien en recordar, además, una contradicción bastante más incómoda: durante décadas presentó a España como potencia colonial, responsable de la tragedia saharaui y enemigo histórico. Ahora busca en ese mismo país protección política, respaldo mediático, apoyo institucional y hasta nacionalidad. La política tiene derecho a cambiar. Lo que no tiene es derecho a exigir que los demás olviden sus contradicciones.
Por eso, el problema de fondo del texto de Zrug no es que formule la pregunta «¿quién?». Es que pretende encontrar en Ceuta una reedición de 1975 cuando lo que debería estar haciendo el Polisario es aprender de los errores de 2021. La gran lección no es que España deba enfrentarse a Marruecos. Es exactamente la contraria.

Nasser Bourita y José Manuel Albares, ministros de Exteriores de Marruecos y España – PHOTO/X/@jmalbares
España y Marruecos seguirán siendo vecinos. Seguirán teniendo intereses comunes y conflictos. Seguirán necesitándose. Y ningún Gobierno español, sea de izquierdas o de derechas, va a ignorar esa realidad. La verdadera cuestión es si, dentro de esa relación inevitable, España será capaz de mantener también una política hacia el Sáhara que no quede completamente subordinada a sus relaciones con Rabat.
Ahí está el verdadero espacio político. Ahí es donde el Polisario podría ganar algo. Y para conseguirlo no necesita que España declare una guerra contra Marruecos ni que envíe los Tercios de Juan de Austria al Sáhara. Le bastaría con algo mucho más sencillo y mucho más realista: que España no vuelva a sacrificar la cuestión saharaui para resolver sus problemas con Marruecos.
Pero para entender esa diferencia hay que saber distinguir entre una crisis y una estrategia, entre una coincidencia y una alianza, entre una frontera y una guerra. Después de medio siglo, quizá ya va siendo hora de que el Polisario apruebe de una vez esa asignatura.



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