Congreso del Polisario: el precio de presidir el naufragio
El Polisario tiene aún ante sí la oportunidad de iniciar un verdadero proceso de democratización, abandonar los equilibrios tribales que ha institucionalizado y aceptar el pluralismo político como alternativa a un sistema de partido único cada vez más obsoleto. No se trata únicamente de cambiar personas, sino de abrir espacio a ideas y estrategias diferentes, y a una representación saharaui plural, que no dependa de los mecanismos de poder y selección heredados de la vieja estructura.

Imagen de archivo del Congreso del Frente Polisario en 2023.
Las dificultades que está encontrando el actual jefe del Polisario para designar al presidente de la Comisión Preparatoria de su XVII Congreso no parecen explicarse únicamente, como sucedía en el pasado, por las habituales divergencias entre grupos y sectores del poder. El problema es más profundo: la incertidumbre sobre el futuro del proyecto y la magnitud de los retrocesos acumulados durante los últimos años han generado una parálisis que va mucho más allá de las rencillas internas. El problema no es solo quién está dispuesto a presidir la Comisión, sino quién quiere asumir el coste político de hacerse cargo de un proyecto que afronta una de sus encrucijadas más difíciles.
Lo paradójico es que algunos de quienes hoy se resisten a asumir esa responsabilidad son los mismos que han ocupado cargos clave durante las últimas tres décadas. No pueden presentarse ahora como espectadores pasivos ni atribuir toda la responsabilidad a Brahim Ghali. Tampoco pueden soslayar su propia responsabilidad en una de las decisiones más trascendentales de los últimos años: la ruptura unilateral del alto el fuego a finales de 2020. Todos los miembros de la cúpula respaldaron entonces aquella decisión o, cuando menos, ninguno se opuso públicamente a ella. Si fue una decisión colectiva cuando se adoptó, sus consecuencias no pueden convertirse ahora en una responsabilidad individual cuando los resultados han sido adversos. Cargar sobre Ghali en exclusiva el coste político de una decisión que todos avalaron, explícita o tácitamente, sería una forma poco digna, poco ética, de eludir responsabilidades. Como recuerda el viejo refrán, las derrotas son bastardas: cuando llegan los malos resultados, nadie quiere reconocerlas como hijas de las decisiones que antes defendió.

Brahim Ghali, secretario general del Frente Polisario en el XVI Congreso de 2023. Archivo
Pero el verdadero problema no es quién ocupa un cargo, sino la ausencia de una respuesta colectiva ante un cambio de coyuntura que la dirección del Polisario parece incapaz de procesar. La falta de renovación del liderazgo durante cinco décadas ha dejado al proyecto atrapado en los mismos discursos, consignas y esquemas políticos heredados de la Guerra Fría. Mientras tanto, el marco internacional ha cambiado radicalmente. La resolución 2797 del Consejo de Seguridad, junto con el impulso de la Administración de Donald Trump, ha abierto una coyuntura que exige abandonar las rigideces del pasado y explorar, desde un enfoque realista, un acuerdo político con el Reino de Marruecos. No hay otra receta mágica.
Para ello haría falta algo que la actual cúpula parece no estar en condiciones de ofrecer: una verdadera renovación política. Quienes han construido su trayectoria sobre los paradigmas del siglo XX difícilmente pueden ser quienes los superen. Hace falta una nueva generación de políticos, menos condicionada por los viejos eslóganes, las promesas y las inercias del pasado, capaz de introducir el cambio de rumbo que hoy resulta imprescindible. Preservar el futuro del pueblo saharaui puede exigir decisiones y sacrificios que ayer parecían impensables y que mañana podrían ser tardíos e insuficientes.
Desde la posición de quien conoce desde dentro las inercias y resistencias del Polisario, cabe preguntarse si no ha llegado finalmente la hora de abordar ese debate interno tantas veces pospuesto y que el MSP viene reclamando desde su nacimiento. No se trata de renunciar de antemano a aspiraciones legítimas, sino de discutir, sin tabúes, ni líneas rojas qué estrategia puede preservar mejor los intereses del pueblo saharaui ante una realidad que ya no es la de hace cinco décadas.

Brahim Ghali, líder del Frente Polisario – AP/FATEH GUIDOUM
Precisamente, el XVII Congreso podría y debería ser la ocasión histórica para abrir ese debate y facilitar una transición. Pero para ello no bastaría con un cambio de nombres; sería necesario un cambio de reglas. La primera y más evidente: abandonar el viejo esquema del «cuerpo electoral al gusto», ese censo de dos mil delegados seleccionados quirúrgicamente mediante una combinación de criterios tribales y afinidades políticas para garantizar de antemano la ratificación de las decisiones de la cúpula. Porque un congreso que no puede decidir, sino únicamente ratificar, deja de ser un instrumento de reflexión y renovación para convertirse en una ceremonia de continuidad. Ese mecanismo, concebido en su día como herramienta de control, se ha convertido hoy en uno de los principales lastres para cualquier intento democratizador.
Y no es un sistema improvisado. Se trata de una estructura de poder asentada en lógicas tribales y clientelares, estrechamente entrelazadas. Su pervivencia explica, por sí sola, la impotencia del Polisario para renovar sus élites y adaptarse a una realidad que ha cambiado sustancialmente.
En sus primeros años, el Polisario condenaba cualquier práctica tribal en las relaciones humanas y la consideraba una amenaza contra el «proyecto nacional». El discurso fundacional era explícito: el tribalismo era un vestigio del pasado que había que extirpar. Y no era una condena meramente retórica. Hubo personas que sufrieron en carne propia aquella acusación y terminaron con sus huesos en la tenebrosa cárcel de Rashid, después de ser ridiculizadas públicamente en actos que recordaban, por su carga de humillación, a los rituales de la Inquisición.
Con los años y el envejecimiento de los dirigentes, aquella condena moral se fue diluyendo hasta convertirse en una valiosa fuente de poder. Lo que antes era considerado un crimen pasó primero a ser una práctica tolerada, después una ideología no escrita y, finalmente, un sistema político de facto. Hoy, buena parte de los dirigentes representa a un grupo tribal, y el peso de unos y otros en las instituciones responde básicamente a un cálculo sobre la fuerza demográfica atribuida a cada tribu.
La contradicción es cruel y evidente: el Polisario nació prometiendo una revolución y construir una sociedad moderna y hoy se ha convertido en el guardián del arcaísmo que juró erradicar quedando atrapado en sus propias redes. La dirección, que denostaba y perseguía las prácticas clientelares y tribales, ahora las usa como mecanismos de supervivencia política. Así, el movimiento se ha vuelto rehén de su propio discurso, reproduciendo el anacronismo que decía combatir. Esta deriva no es fortuita; es la consecuencia directa de un modelo que, al cerrar durante décadas la puerta a la renovación de sus élites, ha condenado al proyecto a perpetuar los vicios que pretendía extirpar.
Y la cuestión no es menor. La institucionalización del tribalismo no solo condena al Polisario a reproducir un sistema político anacrónico; plantea también una inquietante pregunta sobre el futuro: ¿qué ocurriría si esas mismas lógicas fueran trasladadas a un eventual Estado saharaui? El riesgo de terminar construyendo un Estado fallido, como ha ocurrido en otros países donde la debilidad institucional y la fragmentación tribal han provocado guerras civiles no puede ignorarse. Esta preocupación tuvo un peso notable en las reflexiones que condujeron a la creación del Movimiento Saharauis por la Paz (MSP) en abril de 2020 y en su apuesta por una solución de compromiso y bajo garantías con el Reino de Marruecos.
El Polisario tiene aún ante sí la oportunidad de iniciar un verdadero proceso de democratización, abandonar los equilibrios tribales que ha institucionalizado y aceptar el pluralismo político como alternativa a un sistema de partido único cada vez más obsoleto. No se trata únicamente de cambiar personas, sino de abrir espacio a ideas y estrategias diferentes, y a una representación saharaui plural, que no dependa de los mecanismos de poder y selección heredados de la vieja estructura.

El Representante Permanente de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, junto al primer secretario del MSP, Hach Ahmed Barikalla, acompañado por los destacados miembros de la Comisión Política, Hadja Baboit y Mohamed Lamine Ennafaa, así como por Mohamed Cherif, responsable de Relaciones Internacionales
En ese contexto, la participación del Movimiento Saharauis por la Paz (MSP) en los diálogos auspiciados por Staffan de Mistura y por el Gobierno de Estados Unidos podría constituir una prueba concreta de esa voluntad de cambio. Abrirse a ese escenario y alentarlo demostraría que el Polisario ha sabido captar a tiempo las exigencias de Washington y el reciente mensaje del embajador Waltz. El MSP ha construido su proyecto sobre bases políticas y normas de funcionamiento alejadas de las ecuaciones tribales. Su incorporación al proceso permitiría ampliar la representación saharaui y demostrar que la diversidad política puede ser una herramienta para avanzar hacia una solución consensuada y endosada por todos y no una amenaza para la unidad.El problema, indudablemente, es que el cambio tiene un coste político. Y ahí reside probablemente la verdadera dificultad. Ninguno de los actuales responsables parece dispuesto a pagar el precio de abandonar las certezas del pasado, aunque esas mismas certezas hayan conducido al proyecto hasta el actual callejón sin salida. Pero el tiempo tampoco juega a favor de quienes pretenden mantener indefinidamente el statu quo. A medida que avance el proceso internacional, se estrecharán los márgenes de maniobra y pueden perderse posiciones que hoy todavía permitirían negociar un acuerdo menos desfavorable. La capacidad de influir en los términos de una salida política es siempre mayor mientras exista margen para negociarla que cuando los hechos consumados terminan imponiéndola
Por eso, la cuestión fundamental no es quién ocupará finalmente la presidencia de la Comisión Preparatoria o incluso la secretaria general. La pregunta verdaderamente decisiva es otra: ¿quién estará dispuesto a asumir la responsabilidad de preparar al Polisario para el cambio que se avecina? Porque el verdadero desafío no consiste en administrar la continuidad del statu quo, sino en tener el coraje de reconocer que el ciclo iniciado hace cinco décadas está llegando a su límite y que preservar lo esencial puede exigir dejar atrás algunas de las promesas del pasado.
El Polisario necesita una transición política, no otra operación de reparto de responsabilidades. Necesita renovación, pluralismo y realismo. Y, sobre todo, necesita dirigentes capaces de asumir que una salida negociada y honrosa, aunque obligue a sacrificios, puede ser infinitamente preferible a esperar una derrota que termine dejando en manos ajenas el destino de los saharauis.
La verdadera prueba a la que deberá responder el XVII Congreso del Polisario será si, como ha sucedido en el pasado, se limitará a encontrar a alguien de la vieja guardia para retrasar el naufragio o será capaz de alumbrar un liderazgo nuevo, dispuesto a pagar el precio político de cambiar el rumbo antes de que el naufragio sea irreversible.



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