La derecha española y el Sáhara

Movimiento saharauis por la paz es

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El primer ministro de Marruecos, Aziz Akhannouch con el presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo

Durante los últimos años, la derecha española ha convertido el Sáhara Occidental en un instrumento de desgaste contra el Gobierno de Pedro Sánchez. 

PP y Vox denunciaron con estridencia el respaldo de España a la propuesta marroquí de autonomía, presentándose como los nuevos guardianes de la causa saharaui y como los defensores de una supuesta política exterior basada en principios. Sin embargo, aquella indignación parecía responder más a la oportunidad política que a una convicción profunda.

Quizá por eso resultaba tan poco creíble aquella súbita conversión. La solidaridad internacional, el compromiso con los pueblos inmersos en conflictos históricos y la defensa de este tipo de causas han formado parte tradicionalmente de la cultura política de la izquierda democrática y no de la derecha conservadora, cuya acción exterior ha estado guiada, por regla general, por los intereses estratégicos de los Estados mucho más que por los principios. Que precisamente la derecha pretendiera erigirse en la principal defensora de la causa saharaui solo podía explicarse por la utilidad política que ofrecía el enfrentamiento con el Gobierno de Pedro Sánchez.

En el Sáhara, algunos sectores conservadores que aún evocan con nostalgia la época franquista suelen reivindicar la supuesta obra civilizadora que, según ellos, dejaron sus ilustres antepasados en la antigua provincia española. Esa memoria selectiva, que nunca se atreve a decir su nombre, reaparece cada vez que conviene agitar banderas morales desde la oposición.

La ofensiva política encontró, además, un eficaz altavoz mediático. Cabeceras conservadoras como ABC, El Confidencial, El Español o El Independiente han dedicado —y siguen dedicando— una atención inusualmente intensa al conflicto del Sáhara Occidental, multiplicando reportajes, entrevistas y artículos de opinión muy críticos con la posición del Gobierno de Pedro Sánchez y ofreciendo una visibilidad poco habitual a los planteamientos del Frente Polisario. De la noche a la mañana, el Sáhara pasó a ocupar un espacio desproporcionado en portadas y columnas de opinión. No porque hubiera cambiado la naturaleza del conflicto, sino porque había cambiado su utilidad política.

La ofensiva fue tan intensa que muchos llegaron a augurar una grave crisis con Marruecos si el Partido Popular alcanzaba el poder. Algunos sectores alimentaron incluso la idea de que un gobierno del PP rompería con Rabat para abrazar sin reservas las tesis del Frente Polisario. La realidad terminó desmintiendo aquel relato.

La memoria política tampoco avala el discurso construido por la derecha. Durante los gobiernos de José María Aznar y Mariano Rajoy nunca existió una apuesta decidida por situar el asunto del Sáhara en el centro de la política exterior española. Ningún presidente del Partido Popular protagonizó los gestos políticos que sí realizaron Felipe González o José Luis Rodríguez Zapatero al recibir en La Moncloa a dirigentes del Polisario.

Las contradicciones tampoco terminaron ahí. El PP llegó a respaldar iniciativas parlamentarias sobre el Sáhara junto a Bildu, formación a la que habitualmente convierte en símbolo de todo aquello que dice combatir. Cuando el objetivo era desgastar al Gobierno, desaparecieron las líneas rojas.

Ni PP ni Vox elevaron tampoco el tono frente a la posición adoptada por Donald Trump sobre el Sáhara, sustancialmente coincidente con la que posteriormente asumiría Pedro Sánchez. La indignación parecía depender menos del contenido de la decisión que de quién la adoptaba.

Existe, además, una contradicción difícil de ignorar. La derecha española suele hacer de la defensa del pluralismo político y del multipartidismo una de sus principales banderas frente a regímenes como los de Cuba, Venezuela o Nicaragua. Denuncia con razón los sistemas de partido único y la ausencia de una oposición legal y democrática. Sin embargo, cuando se trata del Sáhara Occidental, ese principio parece quedar en suspenso. En su empeño por utilizar al Frente Polisario como instrumento de crítica al Gobierno de Pedro Sánchez, el Partido Popular ha terminado aceptando de facto su pretensión de monopolizar la representación política de los saharauis, sin mostrar interés alguno por establecer canales de diálogo con otras sensibilidades surgidas dentro de la propia sociedad saharaui.

Resulta significativo que, mientras el PP continúa ignorando al Movimiento Saharaui por la Paz (MSP), las misiones permanentes de Estados Unidos y Francia ante las Naciones Unidas hayan recibido recientemente a una delegación de esta organización, encabezada por su primer secretario, Hach Ahmed, en el marco de sus contactos diplomáticos. Más allá de las diferencias políticas, ese hecho refleja una realidad cada vez más difícil de ignorar: hoy ya no existe una única voz saharaui.

La paradoja es que el propio Frente Polisario terminó creyéndose ese relato. Interpretó el respaldo coyuntural de una parte de la derecha española como la expresión de un compromiso político real y duradero con sus tesis. Llegó incluso a pedir a muchos de sus simpatizantes que apoyaran electoralmente a quienes utilizaban la causa saharaui como un simple instrumento de desgaste contra el Gobierno de Pedro Sánchez. La reciente evolución de la posición del PP y de Vox demuestra hasta qué punto aquel cálculo fue erróneo.

La reciente votación sobre la propuesta relativa a la nacionalidad de los saharauis disipó cualquier duda. Esta semana volvieron a mostrar su verdadero posicionamiento en la Comisión de Justicia: Vox votó en contra y el Partido Popular y Junts optaron por la abstención. La solidaridad con el pueblo saharaui se evaporó en cuanto la cuestión dejó de ser un discurso para traducirse en derechos concretos. 

Los saharauis dejaron de ser políticamente útiles. Paradójicamente, quienes reivindican la historia de España negaron un reconocimiento que muchos consideran una reparación histórica para quienes nacieron en un territorio que fue provincia española durante casi un siglo. El contraste resulta aún más llamativo si se recuerda que España abrió vías extraordinarias de acceso a la nacionalidad para los descendientes de los judíos sefardíes expulsados hace más de cinco siglos. La diferencia de trato plantea una pregunta incómoda: ¿por qué la memoria histórica merece reparación para unos y no para otros?

Cuando se cuestiona la condición nacional de unos ciudadanos por sus orígenes familiares o étnicos, resulta más fácil comprender por qué algunos consideran inconcebible reconocer como españoles a quienes nacieron en un territorio que fue provincia española durante casi un siglo. No se trata únicamente de una determinada idea de la nación; también revela una concepción excluyente de quién puede formar parte de ella.

En política exterior, la derecha española podrá cambiar el discurso, pero difícilmente cambiará sus prioridades estratégicas. El pueblo saharaui haría bien en no volver a confundir los aplausos circunstanciales de la oposición con compromisos políticos duraderos.

Salek Ahmed Innal. Analista saharaui

https://www.atalayar.com/opinion/salek-ahmed-innal/derecha-espanola-sahara/20260724211815227988.html


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