La República congelada en el tiempo
El Polisario acaba de celebrar el 50 aniversario de la proclamación de la Rasd (República Árabe Saharaui Democrática).
Cincuenta años después, la escena parece una fotografía congelada en el tiempo: los mismos dirigentes, las mismas puestas en escena, los mismos discursos y, en gran medida, los mismos invitados.
No es una conmemoración histórica; es una repetición ritual. La imagen proyectada durante estas celebraciones confirma una realidad incómoda: el proyecto político proclamado en febrero de 1976 no ha evolucionado, no se ha renovado y, sobre todo, no ha producido un Estado. Ha producido, en cambio, una estructura política envejecida que sobrevive de un discurso repetido sin cambios durante medio siglo.
La liturgia de la inmovilidad
Los dirigentes que encabezan los actos son, en muchos casos, los mismos que han monopolizado el poder durante las últimas cinco décadas, sin renovación generacional ni apertura política significativa, con la excepción natural de aquellos ausentes por razones biológicas.
La liturgia es conocida y previsible: desfiles, discursos solemnes, consignas revolucionarias y la reafirmación de una legitimidad que se presenta como eterna e incuestionable aunque nunca haya pasado por las urnas.
También resulta revelador el perfil de los invitados. Predominan representantes de antiguos grupos solidarios de España y América Latina vinculados históricamente a organizaciones comunistas, movimientos de la izquierda radical y asociaciones políticas que tuvieron su auge en décadas pasadas y que hoy sobreviven como vestigios de otra época.
El Polisario ha quedado así anclado en un ecosistema ideológico que pertenece al pasado, mientras el mundo ha cambiado radicalmente.
Otro elemento significativo es la representación argelina. Si en el pasado estos aniversarios contaban con ministros, altos mandos militares y delegaciones parlamentarias, en esta ocasión la presencia se ha reducido al wali de la wilaya de Tinduf, un nivel institucional muy inferior al de etapas anteriores.
Más revelador aún que la escenografía es lo que no se dice. No ha habido referencias sustanciales a los desarrollos diplomáticos más recientes ni al papel creciente de Estados Unidos como actor decisivo en la búsqueda de una solución política al conflicto.
La principal potencia mundial impulsa hoy una orientación clara: avanzar hacia fórmulas de compromiso con el Reino de Marruecos, que Estados Unidos, España, Francia y otros actores internacionales influyentes consideran la opción más realista y viable.
El progresivo descenso del apoyo diplomático y la reducción visible de la presencia de banderas y delegaciones en estas celebraciones reflejan una evolución geopolítica evidente: el mundo se aleja de los esquemas maximalistas y se acerca a soluciones pragmáticas.
Es sumamente significativo que algunas banderas de países africanos invitados, como Mali y Kenia, fueron retiradas o arriadas durante el segundo día de las actividades, reflejando la fragilidad y volatilidad del respaldo diplomático.
Ignorar esta realidad no la modifica. Pero reconocerla implicaría aceptar que el paradigma político sobre el que se construyó la república proclamada en 1976 ha perdido centralidad estratégica.
Una oportunidad irrepetible
Algunos de nosotros hablamos desde la experiencia directa en las entrañas del propio Polisario. Nuestra decisión de abandonar ese proyecto no fue impulsiva ni circunstancial y mucho menos producto de un ajuste de cuentas. Fue el resultado de una evaluación objetiva: la constatación de que el movimiento al que nos entregamos en cuerpo y alma, durante la etapa más importante de nuestras vidas, ha quedado congelado en el túnel del tiempo y que permanecer a bordo ya no era un acto de lealtad, sino una forma de prolongar indefinidamente el sufrimiento de nuestro propio pueblo.
Por eso decidimos bajar de ese velero que navega sin norte. No para rendirnos, sino para abrir un camino diferente.
El Movimiento Saharaui por la Paz (MSP) surgido hace hoy seis años representa un enfoque realista basado en el sentido común y en la lectura honesta de la nueva realidad internacional. Un enfoque que no busca prolongar el conflicto, sino evitar que se pierda la última oportunidad de alcanzar una solución de compromiso con garantías internacionales sólidas y con la implicación activa de los Estados Unidos.
Hoy, medio siglo después de aquella proclamación en el desierto, el pueblo saharaui se encuentra ante una encrucijada decisiva: aprovechar esta última oportunidad para construir un futuro de paz y prosperidad, o seguir aferrado a una ilusión que ya ha consumido a tres generaciones y cincuenta años de su historia colectiva.
La historia rara vez ofrece segundas oportunidades. Por eso es hora del despertar.
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