La guerra del tiempo: cómo Oriente Próximo reordena conflictos olvidados

Movimiento saharauis por la paz es

La escalada bélica entre Irán, Israel y Estados Unidos está sacudiendo el tablero global. Mientras los reflectores apuntan a los cielos de Teherán, Tel Aviv y Beirut, conflictos aparentemente periféricos como Ucrania o el Sáhara Occidental comienzan a experimentar movimientos tectónicos silenciosos pero profundos

Lo sorprendente del momento actual es cómo un mismo fenómeno —la distracción estratégica de Washington en una guerra de alto voltaje— está siendo aprovechada con fines radicalmente opuestos por distintos actores. Porque si algo enseña esta crisis es que ganar tiempo puede significar cosas muy distintas según desde qué trinchera se mire.

Ucrania: el respiro de Moscú

En el frente europeo, la estrategia del Kremlin no necesita prisas. Putin observa con interés cómo la presión militar, mediática y política de Estados Unidos se desplaza hacia Oriente Próximo. Cada hora que la Casa Blanca dedica a contener a Teherán es una hora menos de presión sobre el frente ucraniano.

Incluso circula con insistencia el rumor de que Washington podría estar considerando un levantamiento parcial de las sanciones al gas y al petróleo rusos para aliviar la presión energética global, una posibilidad que, de confirmarse, supondría un balón de oxígeno económico para Moscú.

Para Rusia, ganar tiempo significa exactamente eso: respirar para consolidar posiciones y desgastar la voluntad de resistencia de Kiev y de sus aliados europeos, ahora también preocupados por las repercusiones de la guerra con Irán, especialmente después de que misiles alcanzaran la isla de Chipre.

Tras la reducción sustancial de la ayuda militar estadounidense, es ahora Europa quien debe asumir un esfuerzo creciente para sostener al gobierno de Zelenski.

La espera rusa no es pasiva. Es una pausa estratégica. Cada mes que pasa permite al Kremlin reorganizar su economía de guerra, reforzar sus posiciones en el terreno y preparar el momento en que la negociación resulte inevitable. Y cuando ese momento llegue, Moscú aspira a sentarse a la mesa desde una posición de mayor fortaleza.

El Sáhara: el mismo tiempo, un reloj distinto

Al sur del Mediterráneo, el escenario y las reglas del juego son muy diferentes. La guerra de Oriente Próximo está proporcionando al Polisario y a Argelia una pausa estratégica para resistirse a una dinámica diplomática que consideran cada vez más desfavorable.

Desde febrero, el enviado especial de la Casa Blanca para Oriente Medio y África, Massad Boulos, ha convocado varias reuniones con las partes implicadas —primero en Madrid y después en Washington— con un objetivo claro: capitalizar el respaldo internacional a la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad, aprobada en octubre de 2025, que prioriza la propuesta de autonomía marroquí como base para cualquier solución política.

Marruecos tiene prisa. Sabe que el capital político acumulado tras años de reconocimientos internacionales puede diluirse si el conflicto vuelve a enquistarse. Pero también es consciente de que ya tiene en su cesta un as de gran valor: la resolución 2797 ha supuesto un cambio sustancial en el enfoque internacional del contencioso.

El Polisario y su principal aliado, Argelia, ven la situación desde otra perspectiva. Para ellos, el proceso impulsado por la administración Trump los coloca entre la espada y la pared. Su única baza es ganar tiempo, y su esperanza está puesta en el calendario político estadounidense.

A finales de año se celebrarán las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, una cita que podría alterar las mayorías en el Congreso y reducir el margen de maniobra de una administración que ha hecho de la política exterior uno de sus principales estandartes.

La resistencia pasiva del Polisario

Conscientes de que la correlación de fuerzas les es desfavorable —con una comunidad internacional cada vez más inclinada hacia la propuesta marroquí y con aliados tradicionales concentrados en contener sus propias amenazas en el Sahel y en la vecindad libia, los dirigentes del Polisario han optado por una fórmula simple, aunque no necesariamente eficaz: la resistencia pasiva.

Tras rechazar públicamente la resolución 2797, el Polisario no tuvo más remedio que acudir a las reuniones de Madrid y Washington. La presión de la Casa Blanca fue explícita, sobre todo después de conocerse que un grupo de congresistas preparaba en el Capitolio un proyecto de resolución para incluir al Polisario en la lista de organizaciones terroristas.

No acudir habría sido el pretexto perfecto para una sanción grave y para cerrar el expediente en su ausencia. Así, la delegación procedente de Tinduf se sentó a la mesa, pero lo hizo sin propuestas concretas ni voluntad real de avanzar. Su cálculo es simple: aguantar el tiempo suficiente hasta que el foco de Washington se desvíe hacia crisis de mayor envergadura —Irán, Venezuela o Cuba— o hasta que el ciclo electoral estadounidense absorba la energía política de la administración actual.

Incluso si los republicanos mantienen el control del Congreso, el simple hecho de que la política interna monopolice la agenda de la Casa Blanca podría devolver el Sáhara Occidental al lugar del que nunca ha logrado salir del todo: el cajón de los conflictos congelados.

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Líderes tribales saharauis en una Conferencia Internacional sobre el diálogo y la paz en el Sáhara organizada por el MSP. Photo Atalayar

La otra voz saharaui: el MSP

Pero no todos los saharauis comparten esta estrategia de desgaste. Entre los habitantes de la antigua colonia española del Sáhara Occidental empieza a abrirse paso una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo más puede prolongarse una espera que ya dura medio siglo?

Las condiciones geopolíticas que dieron origen a la lucha armada del Polisario en 1973 pertenecen a otra época. Hoy, el conflicto se sostiene en gran medida sobre la rivalidad hegemónica entre Argelia y Marruecos, mientras la comunidad internacional muestra signos evidentes de fatiga.

La MINURSO, desplegada desde 1991, se ha convertido en la misión de paz más longeva de Naciones Unidas, y en Washington crece el escepticismo sobre la utilidad de seguir financiando operaciones indefinidas sin un horizonte político claro.

En 2020 surgió una nueva formación política: el Movimiento Saharaui por la Paz (MSP). Nacido en las propias entrañas del Polisario, el MSP reúne a antiguos cuadros militares y civiles, con el respaldo de influyentes notables de la sociedad saharaui, incluidos descendientes de miembros de la histórica Yemaa, la institución tradicional de mayor legitimidad entre la población.

Hasta ahora, el proceso político dirigido por el Enviado de la ONU, De Mistura, ha circunscrito al Polisario la representación saharaui exclusiva, partiendo de criterios y coordenadas establecidos en 1991 que hoy resultan caducos y superados por la evolución interna de la sociedad.

El planteamiento del MSP rompe con décadas de inmovilismo: una solución política realista con el Reino de Marruecos es preferible a un exilio perpetuo sin perspectivas de futuro.

Por su moderación, su sentido de responsabilidad y su creciente afianzamiento en la opinión saharaui, la incorporación del MSP a la actual dinámica podría marcar un punto de inflexión en este largo conflicto, consolidando su posición como otro actor legítimo y reconocido internacionalmente.

Desplazar al Polisario como interlocutor central y exclusivo no solo es una necesidad para los saharauis, sino también la clave para desbloquear el arreglo político que busca la administración de Estados Unidos tras más de treinta años de estancamiento del proceso de paz en el Sáhara Occidental y el noroeste de África.

Esta idea ha sido expresada con contundencia por analistas de prestigiosos centros de pensamiento en Washington: expertos como Michael Rubin, investigador del American Enterprise Institute y exasesor del Pentágono, han abogado públicamente por dejar de considerar al Polisario como el representante legítimo del pueblo saharaui y reconocer al Movimiento Saharaui por la Paz (MSP) como alternativa democrática que pueda participar plenamente en las negociaciones políticas. 

Rubin sostiene que el Polisario representa hoy un «remanente, criatura de la Guerra Fría» sin elección democrática real por parte de los saharauis, y que es necesario “avanzar hacia una representación más plural y realista es necesario para una solución estable al conflicto”.

En la misma línea se ha pronunciado Jorge Dezcallar, exembajador de España en Estados Unidos y exdirector del CNI, quien en un artículo publicado en El País el 21 de marzo de 2022 señalaba la conveniencia de tener en cuenta al MSP como una nueva organización saharaui «que busca vías alternativas para desatascar el conflicto».

«Nunca hay una paz mala ni una guerra buena»

Perseguidos y difamados por el aparato del Polisario —cuya naturaleza autoritaria es incompatible con cualquier forma de pluralidad política—, los dirigentes del MSP ven en la resolución 2797 y en el impulso diplomático de la administración Trump una oportunidad histórica.

Ya en 2023 la organización se anticipó elaborando una propuesta de solución basada en un amplio autogobierno, inspirada en modelos como el Kurdistán iraquí o las autonomías vasca y catalana en España.

Para el MSP, un acuerdo auténtico, sin vencidos ni vencedores y con garantías de la mayor potencia mundial, constituye una oportunidad que no debería dejarse escapar. Incluso si el resultado final no cumple con todas las expectativas es mejor que la espera por tiempo indefinido o un desenlace caótico. Como escribió Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, «nunca hay una paz mala ni una guerra buena».

Por eso el movimiento recibió con entusiasmo la determinación de la Casa Blanca de intentar cerrar definitivamente este diferendo y se declara dispuesto a ser un socio constructivo en los esfuerzos de paz para poner fin al viaje a ninguna parte en el que el pueblo saharaui lleva medio siglo atrapado y abrir, por fin, una página de esperanza real para su futuro.

El tiempo, juez implacable

Mientras los misiles iluminan los cielos de Oriente Próximo, en las sombras de la geopolítica se libra otra batalla menos visible, pero igual de decisiva: la del control del tiempo.

Para algunos actores, el tiempo es una ventaja estratégica que permite consolidar posiciones y esperar condiciones más favorables. Para otros, es simplemente una forma de aplazar escenarios inevitables.

Pero para los pueblos atrapados en conflictos interminables —ucranianos o saharauis— el tiempo no es una estrategia ni un recurso diplomático. Es una cargaPorque cuando la guerra y el sufrimiento se prolongan, el tiempo deja de ser una oportunidad y acaba convirtiéndose en una maldición.

https://www.atalayar.com/opinion/hach-ahmed-bericalla/guerra-tiempo-como-oriente-proximo-reordena-conflictos-olvidados/20260317095151224047.html



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