Las extravagancias de Christopher Ross para el Sáhara.

Movimiento saharauis por la paz es

Hach Ahmed

Las recientes reflexiones del veterano diplomático estadounidense Christopher Ross, publicadas el pasado 6 de marzo en la página del International Center for Diplomatic Initiatives, han abierto un debate inesperado. En su texto, el antiguo mediador de Naciones Unidas para el Sáhara Occidental analiza el actual impulso diplomático en torno al conflicto, reconoce el avance que representa la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad y subraya el creciente protagonismo de Estados Unidos en la búsqueda de una salida política. Hasta ahí, su diagnóstico resulta acertado.

Sin embargo, lo más llamativo —y también lo más controvertido— de su artículo es la propuesta que plantea para superar el bloqueo entre Marruecos y el Frente Polisario. Ross sugiere explorar fórmulas alternativas de legitimación política inspiradas en la Loya Jirga, la asamblea tradicional afgana utilizada para alcanzar consensos en momentos de crisis nacional.

La idea, examinada con serenidad, resulta tan extravagante como extemporánea. Extravagante, porque traslada mecánicamente una tradición tribal pastún a un contexto cultural y social radicalmente distinto, ignorando que el Sáhara Occidental posee sus propios y arraigados mecanismos de arbitraje y consenso. Extemporánea —o más bien tardía—, porque quien la formula tuvo ocho años para explorar esas vías durante su mandato como mediador de Naciones Unidas y no lo hizo. Ahora, desde la distancia del retiro y con el peso de un balance decepcionante, plantea una propuesta que ya no está en condiciones ni de sondear seriamente ni de defender con credibilidad.

Ross dispuso, durante casi una década como enviado personal del secretario general de la ONU, de la autoridad política, del apoyo de Washington y de los recursos necesarios para explorar fórmulas innovadoras que permitieran romper el estancamiento de un proceso político iniciado en 1991. Tuvo contactos con los distintos actores implicados y también con la propia sociedad saharaui. Sin embargo, aquel largo periodo concluyó sin avances sustanciales. La misión de paz, 35 años después, continúa atrapada en una inercia que ni Ross ni otros diez mediadores lograron superar.

Resulta legítimo preguntarse por qué el embajador estadounidense, cuando estaba en la arena, no exploró con el debido interés los mecanismos de representación y legitimación política que la propia sociedad saharaui atesora. Si hay una sociedad que históricamente ha demostrado capacidad para gestionar consensos y resolver conflictos internos, esa es la sociedad saharaui. Durante siglos, sus estructuras tribales, sus códigos de mediación y sus mecanismos de arbitraje social permitieron preservar la cohesión colectiva en un entorno político y geográfico especialmente exigente. Esa realidad, sin embargo, no parece haber atraído la atención del experimentado diplomático.

La paradoja es evidente: ha descubierto en Afganistán lo que el Sáhara ya tiene y ha tenido siempre, pero que él no supo —o no quiso— escudriñar a tiempo. La Loya Jirga puede ser un mecanismo respetable en su contexto, pero trasplantarla al Sáhara sin considerar las tradiciones autóctonas de consenso —los códigos de arbitraje entre tribus, las asambleas de notables, la propia historia de la Yemaa— convierte una idea sugerente en un ejercicio de mimetismo «anti natura». Solo le faltó importar también el burka con la tradición afgana, olvidando en tan poco tiempo el papel central de la mujer en la sociedad saharaui.

Dicho esto, y aunque la propuesta de Ross resulte tan extravagante como extemporánea, sería injusto no reconocer que contiene un poso de verdad. Porque, en el fondo, lo que el veterano diplomático señala —quizá sin ser plenamente consciente de las implicaciones— es la necesidad de explorar fuentes de legitimidad política más allá de los actores tradicionalmente reconocidos por Naciones Unidas. Y es precisamente en ese punto donde su diagnóstico tardío conecta, sin pretenderlo, con el trabajo que desde hace años viene realizando el Movimiento Saharaui por la Paz (MSP).

Precisamente esa realidad —el valor de los líderes tribales saharauis— es lo que el MSP ha tratado de incorporar a su propio enfoque político desde su creación. Consciente de la importancia de las estructuras tradicionales en la vida social saharaui, el MSP impulsó un esfuerzo sostenido para implicar en su reflexión política a los notables tribales, muchos de ellos herederos de la histórica Yemaa del Sáhara, una institución que contó con legitimidad electoral durante la etapa de la administración española y, por consiguiente, mucho antes de la aparición del Frente Polisario.

Lejos de tratarse de un gesto simbólico, esa apuesta se ha materializado en las tres conferencias internacionales organizadas por el MSP en los últimos años —en Canarias y Dakar— donde los notables tribales ocuparon un lugar central en los debates sobre el futuro del Sáhara. Su presencia refleja la convicción de que cualquier arquitectura política futura necesitará apoyarse tanto en la representación política moderna como en las formas de legitimidad social profundamente arraigadas en la sociedad saharaui. Para institucionalizar el rol de los líderes tribales, el MSP incluyó en su hoja de ruta anunciada en Dakar (2023) la creación de un Consejo de Notables como cámara alta en el futuro poder legislativo saharaui.

Resulta aún más revelador, sin embargo, que en sus extensas reflexiones Ross no dedique una sola línea al Movimiento Saharaui por la Paz. Este silencio no es un descuido; es una omisión deliberada que delata algo más profundo: una evidente simpatía por el Frente Polisario y una preocupante falta de imparcialidad. Para un diplomático formado en la tradición de una escuela —tan dada a identificar, apoyar o incluso inventar oposiciones a grupos armados o regímenes de partido único— la omisión no fue por falta de información, sino porque su mirada sobre el Sáhara sigue secuestrada por los mismos presupuestos que durante décadas han perpetuado el estancamiento.

Dicho esto, conviene no desdeñar por completo la reflexión tardía de Ross. Su propuesta, aunque descabellada y fuera de lugar, tiene el valor implícito de señalar algo que ya resulta evidente para muchos observadores: que el proceso político no puede seguir apoyándose exclusivamente en estructuras de representación congeladas desde hace medio siglo. El Frente Polisario, que arrastra un gran desgaste no solo diplomático y militar sino también político por su condición de partido único, no puede seguir siendo el interlocutor saharaui exclusivo en el proceso de paz. Del mismo modo que Marruecos no puede ignorar la existencia de una sociedad civil saharaui con peso propio, liderazgos tribales y corrientes políticas emergentes. Máxime si se tiene en cuenta que el Frente Polisario —y también su valedor Argelia—, en la actual correlación de fuerzas y bajo presión de la administración del presidente Trump, no tiene mejor estrategia que dilatar el proceso político y ganar tiempo en espera de coyunturas mejores.

La experiencia de Ross y sus recomendaciones podrían tener otro efecto positivo si el actual enviado de la ONU, Staffan de Mistura, tomara nota y actuara en consecuencia. Para no quedar atrapado por la inercia del proceso ni repetir el camino de sus predecesores, debería ampliar el espectro de interlocutores saharauis incorporando a otras corrientes políticas y sociales.

El consejo es trasladable también al equipo de la Casa Blanca, el Consejero  Massad Boulos y el embajador Michael Waltz,  que se encarga actualmente del expediente del Sáhara Occidental. El nuevo impulso diplomático impulsado por Washington y respaldado por la Resolución 2797 abre, en efecto, una ventana de oportunidad que no debería desaprovecharse. Pero para que esa oportunidad tenga posibilidades reales de éxito, el proceso deberá reflejar mejor la diversidad de voces existentes dentro de la sociedad saharaui. Si la implicación de Estados Unidos aspira a producir resultados diferentes a los de las últimas tres décadas, será necesario introducir enfoques más abiertos e inclusivos en la arquitectura del proceso político.

Tal vez esa sea la lección básica que se puede extraer de las reflexiones tardías de Christopher Ross: que ningún proceso de paz puede avanzar si ignora las realidades sociales que pretende representar. Y que las ideas innovadoras, por sugerentes que puedan parecer, ganan muy poco cuando llegan demasiado tarde o cuando quien las formula no tuvo la audacia de explorarlas mientras aún estaba a tiempo de marcar la diferencia.


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