El Polisario y la generación que nunca llega

Movimiento saharauis por la paz es

El Polisario lleva demasiado tiempo confundiendo sucesión con renovación. Cambiar un nombre por otro no significa cambiar una generación. Sustituir a un dirigente por otro de la misma cultura política tampoco significa abrir una nueva etapa.

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Campamento de refugiados saharauis de Smara, en Tindouf, Argelia – REUTERS/BORJA SUÁREZ

Desde hace semanas, la opinión saharaui en Tinduf esperaba la reunión del Secretariado y, sobre todo, la designación de la Comisión Preparatoria del XVII Congreso del Frente Polisario. No tanto por lo que pudiera aportar al debate político —que apenas despertaba expectativas— como por un dato mucho más concreto: quién la presidiría.

El humo blanco ya ha salido del Cuartel General de Rabuni. El elegido es Bucharaya Beyun, un tecnócrata con escaso peso en el debate político y primer ministro por la gracia del cupo tribal. La Comisión estará integrada por 155 miembros. Lo verdaderamente significativo, sin embargo, no está tanto en quién la preside como en quiénes han quedado fuera. Bachir Mustapha Sayed y Abdelkader Taleb Omar, dos de los nombres que habían aparecido en las especulaciones sobre una eventual sucesión de Brahim Ghali, no forman parte del órgano preparatorio.

En el caso de Taleb Omar, informaciones anteriores apuntaban a discrepancias sobre las condiciones de su eventual participación. En cuanto a Bachir Mustapha Sayed, su ausencia resulta igualmente significativa por su peso histórico y por haber sido uno de los principales rivales de Ghali en el anterior congreso. Pero más allá de las razones de cada ausencia, el dato político es elocuente.

El debate sucesorio sigue atrapado en los mismos nombres y en los mismos equilibrios de poder tribal. Pero hay algo aún más preocupante: algunos de los dirigentes que aparecen recurrentemente en las quinielas sucesorias, parecen reticentes —o no encuentran las condiciones— para asumir el protagonismo que exige un momento tan delicado. Las razones, conocidas o no, deberían ser motivo de preocupación. Puede que la edad ya no les permita afrontar esas lides; puede también que perciban que la decadencia ha llegado demasiado lejos y que el margen para revertirla es ya ínfimo.

El Polisario lleva demasiado tiempo confundiendo sucesión con renovación. Cambiar un nombre por otro no significa cambiar una generación. Sustituir a un dirigente por otro de la misma cultura política tampoco significa abrir una nueva etapa.

Beyun, Bachir, Taleb Omar o el propio Ghali pertenecen a una misma generación política, formada en una época marcada por los radicalismos, la lucha armada y la confrontación de bloques. Aquella cultura política fue hija de su tiempo. Lo que no ha llegado, sin embargo, es el relevo generacional capaz de responder a una realidad completamente distinta.

¿Dónde están los que nacieron después?

¿Dónde están los saharauis que crecieron en los campamentos sin conocer la guerra de los años setenta? ¿Dónde están los jóvenes de la diáspora, los profesionales, los cuadros que han vivido en otras sociedades y conocido otras formas de participación política? ¿Dónde está la generación que debería estar preparada para asumir la responsabilidad de conducir el movimiento hacia una realidad diferente de aquella en la que nació?

A Ghali no le faltan posibles sucesores, pero al Polisario le falta una generación preparada para suceder y, sobre todo, para adaptar el modelo. Ese es el verdadero problema y desafío que debería afrontar el XVII Congreso.

Durante décadas, la organización concebida como movimiento armado ha mantenido prácticamente congelados sus mecanismos de poder y de selección. El resultado es que, cada vez que se abre la cuestión de la sucesión, reaparecen los mismos nombres, las mismas trayectorias y, en buena medida, las mismas respuestas.

Cuando una organización no produce relevo, termina produciendo herederos. Y los herederos no necesariamente representan el futuro; muchas veces representan la prolongación del pasado. Una organización política que no se renueva ni genera relevo no conserva el futuro: conserva el pasado, hasta convertirlo en decadencia.

Por eso el problema del XVII Congreso no debería reducirse a quién ocupará el lugar de Brahim Ghali. La cuestión verdaderamente importante es si el congreso será capaz de abrir un espacio político para una generación que hasta ahora apenas ha tenido la oportunidad de participar en la definición del rumbo de la organización.

El contexto tampoco permite seguir mirando exclusivamente hacia dentro.

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Intervención de Hach Ahmed Bericalla primer secretario del Movimiento Saharauis por la Paz (MSP) durante la Cuarta Comisión de la Organización de las Naciones Unidas – PHOTO/ATALAYAR

El proceso de paz continúa estancado. La Resolución 2797 del Consejo de Seguridad ha introducido un nuevo marco político para las negociaciones. La próxima renovación del mandato de la MINURSO se aproxima. Y el balance de casi seis años desde la ruptura del alto el fuego obliga, como mínimo, a preguntarse qué ha conseguido la estrategia seguida durante este periodo.

A todo ello se suma un fenómeno que debería preocupar especialmente al liderazgo de Tinduf: una creciente búsqueda de respuestas fuera de los viejos canales políticos.

La proposición de ley española sobre nacionalidad para los saharauis nacidos en el territorio bajo administración española despertó un interés extraordinario entre los saharauis. El Congreso de los Diputados de España  aprobó el 10 de septiembre su toma en consideración, abriendo una vía para que quienes nacieron allí antes del 29 de septiembre de 1977 puedan acceder a la nacionalidad española mediante carta de naturaleza, junto con previsiones relativas a sus descendientes.

Más allá de la controversia política que pudo suscitar la iniciativa y de su tramitación todavía pendiente, hay un dato político que el Polisario debería analizar: miles de saharauis vieron en ella una posibilidad concreta para resolver una cuestión que afecta directamente a su identidad y a su futuro.

Algo parecido ha ocurrido con la atención suscitada por las elecciones celebradas esta semana en las principales ciudades del territorio y los porcentajes de participación.

No significa que la causa haya dejado de importar. Significa algo más incómodo: que para una parte creciente de los saharauis la cuestión ya no es solamente quién habla en su nombre, sino qué futuro concreto se les ofrece y ahí sí aparece la fractura generacional.

Una organización puede sobrevivir durante años gracias a la disciplina, a la represión, a la memoria histórica y a la fidelidad de sus estructuras. Ninguna organización puede vivir eternamente de su pasado.

Cuando los jóvenes dejan de mirar hacia el centro de una organización y empiezan a mirar hacia las puertas o las ventanas de salida, algo fundamental ha cambiado. Si la base empieza a mirar más hacia las puertas que hacia el Congreso, el problema ya no está en las puertas y ventanas, está en el Congreso.

Por eso el XVII Congreso no debería limitarse a decidir quién sustituye a quién. Debería responder a una pregunta mucho más incómoda: ¿Qué Polisario quieren que exista el día después? Y como evitar la estampida?

La verdadera amenaza no es que Ghali sea sustituido por uno u otro dirigente de su misma generación. La amenaza es que el Polisario continúe cerrando el paso a una generación que no ha tenido la oportunidad de construir su propio espacio político.

El Polisario nació proclamándose como instrumento de liberación de una generación. Hoy corre el riesgo de convertirse en el instrumento de la irrelevancia política y nulidad de otra.

Y aquí aparece una cuestión que ya no puede seguir siendo ignorada: la existencia de otras opciones políticas saharauis.

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El Representante Permanente de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, junto al primer secretario, Hach Ahmed Barikalla, acompañado por los destacados miembros de la Comisión Política, Hadja Baboit y Mohamed Lamine Ennafaa, así como por Mohamed Cherif, responsable de Relaciones Internacionales

El Movimiento Saharaui por la Paz (MSP), surgido hace seis años de las propias entrañas del Polisario, no nació como una iniciativa externa, sino después del fracaso de numerosos intentos por abrir un debate interno y promover una renovación política que la actual dirección terminó bloqueando. Su constitución como fuerza política independiente fue, en ese sentido, la consecuencia de un espacio de reforma que se cerró dentro del propio movimiento. Por eso, el MSP no debería ser percibido únicamente como una alternativa externa al Polisario, sino también como una expresión de una parte de la propia sociedad saharaui que reclama salir del esquema de partido único y abrir espacio a otras generaciones, otras ideas y otras formas de abordar el conflicto.

La gravedad del momento aconseja además abandonar el viejo recurso de presentar cualquier alternativa al Polisario como una conspiración extranjera. Ese argumento puede servir para cerrar filas, pero no responde a las preguntas que hoy se hacen muchos saharauis.

La cuestión ya no es solamente quién tiene razón sobre el pasado. Es quién es capaz de ofrecer una salida para el futuro.

Abrirse a otras opciones políticas no significa necesariamente renunciar a la historia del Polisario ni negar el sacrificio de quienes lo fundaron. Puede significar, precisamente, evitar que esa historia termine convertida en una prisión para las generaciones que vienen detrás.

Porque una organización política no desaparece necesariamente cuando pierde una guerra o cuando abandona una determinada estrategia.A veces empieza a desaparecer cuando deja reflexionar y  de producir en modo de futuro. Primero llega el agotamiento. Después, la indiferencia. Luego, la pérdida de confianza. Y finalmente, la búsqueda de alternativas fuera de la organización si llegan a tiempo.

Ese proceso puede conducir a una muerte lenta del Polisario si continúa cerrándose sobre sí mismo. Todavía está a tiempo de entenderlo.

El XVII Congreso podría ser una nueva operación de reparto de posiciones entre dirigentes de una misma quinta. O podría convertirse en el punto de partida de una apertura capaz de incorporar a quienes llevan demasiado tiempo esperando su turno. Porque el Polisario no necesita simplemente un sucesor: necesita un relevo. No necesita una nueva generación que herede el pasado, repita sus consignas y aplauda a sus dirigentes. Necesita una generación capaz de cuestionar, rectificar y cambiar. Y si esa generación no consigue abrirse paso desde dentro, el tiempo terminará imponiéndola desde fuera.


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