Cembrero y la ley de nacionalidad saharaui: el bulo como favor devuelto
El artículo que Ignacio Cembrero publicó esta semana en El Confidencial no informa: devuelve un favor. Revela que Mike Waltz, embajador estadounidense ante la ONU, trasladó a Albares a principios de año que la ley de nacionalidad saharaui “sería beneficiosa para reducir la población de los campamentos de Tinduf y allanar así el camino hacia un acuerdo”. Presentado así, el dato parece una prueba. En realidad es una insinuación: si Washington la respalda, la ley no favorece la causa saharaui. El silogismo es de manual, y tan burdo que se desmonta solo.
Porque el bulo tiene dos agujeros que lo hacen poco digerible. El primero es el origen de la ley: la proposición partió de Sumar, un grupo al que Trump no le inspira precisamente simpatía. Hacer creer que Sumar y la administración estadounidense coordinaron una gran operación estratégica para aprobar una ley de nacionalidad es pedirle al lector que se crea una fantasía que el propio autor no parece creerse. El segundo agujero es aún más llamativo: los únicos grupos con línea directa con la actual administración Trump, Vox y el Partido Popular, votaron en contra y pusieron trabas hasta que se disolvieron las Cortes. Si la ley era una operación americana, algo falla en el reparto de papeles. Si no lo era, el dato de Waltz solo acredita que un funcionario expresó una opinión favorable a una proposición que ya existía. Confundir esa coincidencia diplomática con una causalidad política no es análisis; es convertir una conversación en un relato. Y hacerlo con fuentes anónimas “conocedoras de aquella cita” resulta llamativo en un periodista que exige pruebas verificables cuando las filtraciones no le convienen.
La devolución del favor tiene nombre. A principios de año, Cembrero firmó la exclusiva sobre las negociaciones secretas en Madrid y Washington entre delegaciones del Polisario, Marruecos, Argelia y Mauritania, bajo los auspicios del enviado de la ONU, De Mistura, y de altos funcionarios estadounidenses. Es razonable presumir que ese material llegó por el satélite digital del Polisario en España, ESC. No hace falta demostrarlo para formular la pregunta: ¿qué contrapartida se espera de un periodista al que se le sirve ese tipo de exclusiva? La respuesta llega hoy, en forma de artículo que insinúa que la ley no favorece a los saharauis porque Washington se ha interesado por ella. Lo que oculta el bulo es que la ley incomoda al Polisario porque le hace perder el control sobre parte de los refugiados.
El resto del bulo encaja en la misma lógica: el enemigo de mi amigo es mi enemigo. Cembrero no inventa la acusación de que el MSP es una pantalla de los servicios marroquíes; repite una información que El País publicó en 2022, el diario que le echó de su redacción tras otro bulo, el que le enfrentó con las autoridades marroquíes. Desde entonces, su connivencia con el Polisario es tan visible que no necesita declararla: aparece cada vez que escribe sobre el Sáhara, aunque escriba sobre el clima. Pruebas de la pantalla marroquí: ninguna. Solo la palabra de El País y la conveniencia de desacreditar a cualquier saharaui que no comulgue con el Polisario. Y hay un detalle que no se preguntó: si el MSP fuera una pantalla de Rabat, ¿por qué la Administración estadounidense, con su CIA y su FBI, no opuso objeción alguna a sus encuentros con altos funcionarios del Departamento de Estado?
En definitiva, el derecho de los saharauis a recuperar la nacionalidad española no puede evaluarse según el beneficio o perjuicio que reporte a las organizaciones que dicen representarlos. La libertad de una persona para salir de un campamento, establecerse en otro país y construir su futuro no debería convertirse en una amenaza política. Si la ley suscita inquietud porque reduce la dependencia de una población respecto a una estructura de poder, la pregunta no es quién gana entre Marruecos y el Polisario. La pregunta es por qué la libertad individual de los saharauis sigue subordinándose a los cálculos de quienes pretenden hablar en su nombre. Ese es el debate que Cembrero deja en un segundo plano. Y no por olvido, sino porque le estorba.
Comité del MSP para los medios.



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