Un nuevo Consejo para un orden fracturado

Movimiento saharauis por la paz es

Más allá del Sáhara Occidental una razón de Estado de carácter supranacional obliga con urgencia a Argelia y Marruecos a encontrar un marco de cooperación estable: la creciente amenaza en la región del Sahel, donde los grupos yihadistas terroristas campan a sus anchas

En un gesto cargado de significado estratégico, el presidente Donald Trump aprovechó el foro de Davos para transformarlo en el escenario de un anuncio de gran repercusión: el lanzamiento, en medio de un gran despliegue diplomático y mediático, de un nuevo Consejo Mundial o Junta de la Paz.

Esta iniciativa surge como una respuesta directa al punto de quiebra del sistema internacional, anclado en las estructuras de 1945. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), con su Consejo de Seguridad crónicamente paralizado por el veto, ha pasado de ser una esperanza a un símbolo de incompetencia. Su incapacidad para resolver conflictos no es un fallo ocasional, sino el síntoma de un modelo agotado.

Esta parálisis ha tenido consecuencias trágicas. El caso palestino es el ejemplo más sangrante: durante casi un siglo, la comunidad internacional ha sido testigo impotente, cuando no cómplice, de una tragedia recurrente. La guerra en Gaza fue el episodio más dramático de una larga cadena de fracasos. Fue la determinación y firmeza de la administración del presidente Donald Trump la que rompió ese ciclo, dando lugar a una esperanza sin precedente. Este impulso es la razón fundamental por la que naciones islámicas clave como Turquía, Arabia Saudí, Marruecos, Egipto o Indonesia no dudaron en adherirse en Davos al documento constitutivo de la Junta o Consejo de la Paz.

El Sáhara Occidental: otro paradigma del fracaso

Este conflicto es otro testimonio de la parálisis de la ONU. El proceso de paz, iniciado a finales de los años ochenta, ha visto desfilar a seis secretarios generales y más de diez enviados especiales sin resultado. A esto se suman los inmensos recursos invertidos en la MINURSO, una operación desplegada desde 1991 con un coste anual de unos 60 millones de dólares, que no ha logrado su objetivo final.

En octubre pasado, la administración del presidente Trump decidió relanzar los esfuerzos para lograr un arreglo sobre la base de la propuesta autonómica marroquí de 2007, lo que se plasmó en la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad. Por iniciativa estadounidense, y no del Enviado de la ONU como sucedía antes, las partes concernidas desfilaron la semana pasada por Washington a fin de escuchar las recomendaciones del gobierno de EE.UU. para avanzar hacia un acuerdo.

Aunque se desconoce el tenor exacto, todo apunta a un impulso decisivo, casi un ultimátum, para acelerar las negociaciones y alcanzar un compromiso antes de que expire el mandato actual de la MINURSO. De aquí a la reunión del Consejo de Seguridad en abril, las partes deberán mostrar avances sustanciales.

Después de Marruecos, Argelia: una inclusión necesaria

Lo razonable y deseable es que, aprovechando esta nueva dinámica, Argelia se sume a la Junta de la Paz. Desde esa instancia, junto a Marruecos, podría superar fácilmente la crisis del Sáhara que durante medio siglo ha envenenado las relaciones entre las dos principales potencias magrebíes, perturbando la estabilidad y la integración regional.

Más allá del Sáhara Occidental una razón de Estado de carácter supranacional obliga con urgencia a Argelia y Marruecos a encontrar un marco de cooperación estable: la creciente amenaza en la región del Sahel, donde los grupos yihadistas campan a sus anchas. Esta zona se ha convertido en el epicentro global del terrorismo, representando un peligro de seguridad prioritario e indivisible para todo el Magreb y más allá.

La comunidad internacional ya reconoce la necesidad de soluciones regionales. Un Consejo de la Paz con autoridad ejecutiva podría ser el instrumento para catalizar esta cooperación obligatoria, coordinando marcos conjuntos de seguridad fronteriza e inteligencia contra un enemigo común, algo impensable en el clima de desconfianza actual.

El pesimismo se aferra a un sistema roto por miedo al caos. El realismo audaz exige construir uno nuevo. El fracaso de la ONU en Palestina, en el Sáhara y en tantas otras crisis es la prueba irrefutable de que el cambio no es una opción, sino una necesidad.

La nueva Junta de la Paz puede representar esa oportunidad histórica. Una vez superada la compleja Guerra Fría y sus consecuencias, se está ante la posibilidad de pasar de un orden basado en los privilegios y glorias de 1945 a uno fundado en las responsabilidades y retos del siglo XXI. Un orden donde, por fin, la cooperación sustituya a la parálisis, la responsabilidad supere al privilegio, y los foros de diálogo sean instrumentos de acción decisiva y no meros archivos del fracaso. El camino puede que haya comenzado en Davos.

Hach Ahmed, primer secretario del Movimiento Saharauis por la Paz

https://www.atalayar.com/opinion/hach-ahmed-bericalla/nuevo-consejo-orden-fracturado/20260202193508223032.html


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