Una lección groenlandesa para el Sáhara Occidental

Movimiento saharauis por la paz es

El prolongado conflicto del Sáhara Occidental, la última herida colonial en el Magreb, suele presentarse como un callejón sin salida, un nudo gordiano atrapado entre la confrontación y la perpetuación del statu quo

Sin embargo, la experiencia de Groenlandia demuestra que es posible combinar una identidad cultural distintiva con una autonomía efectiva dentro de un marco estatal más amplio.

Esta experiencia ofrece claves valiosas para imaginar, con realismo y coraje, una salida a una crisis que se prolonga desde hace más de medio siglo.

El modelo de autonomía de Groenlandia dentro del Estado unitario que es el Reino de Dinamarca —un sistema que también integra con éxito otro ejemplo de autogobierno, incluso más avanzado, en las Islas Feroe— no se propone como una copia mecánica.

Las diferencias históricas, culturales y geopolíticas son evidentes, pero este referente es inspirador porque pone de relieve dos principios fundamentales: la madurez política como antídoto frente a los nacionalismos excluyentes, y la autonomía avanzada como vía para la reconciliación y la estabilidad duradera.

La imagen de la primera ministra danesa y el primer ministro groenlandés compartiendo tribuna para abordar conjuntamente desafíos externos —incluidas las conocidas manifestaciones de interés de Estados Unidos por la isla— simboliza una forma moderna y serena de soberanía compartida. Incluso el envío de sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores en misiones conjuntas ilustra un enfoque cooperativo poco habitual en conflictos territoriales clásicos.

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Una vista muestra un cartel en la base espacial militar estadounidense Pituffik, en Groenlandia – PHOTO/ JIM WATSON via  REUTERS 

Estos gestos no reflejan debilidad, sino fortaleza institucional. Dinamarca, en su condición de Estado unitario, no percibe la afirmación de la identidad groenlandesa como una amenaza, sino como un elemento integrado y digno dentro de un proyecto común. Groenlandia, por su parte, ejerce un autogobierno real, con competencias sustanciales en ámbitos como los recursos naturales, la educación o la cultura, y proyecta su futuro mediante el diálogo y la negociación, no desde la confrontación. De ahí se desprende un principio aplicable a otros contextos: una autonomía amplia, concebida no como un techo infranqueable, sino como una base sólida desde la que construir convivencia, confianza y prosperidad.

Surge entonces una pregunta legítima: ¿podría Marruecos, también un Estado unitario y actor central e ineludible en esta ecuación, encajar y liderar un modelo de esta naturaleza? Plantearla no implica subestimar la evolución institucional del Reino ni su capacidad de adaptación. Al contrario, las reformas emprendidas en las últimas décadas y la estabilidad política alcanzada bajo el reinado de Mohamed VI ofrecen una base sólida para imaginar un estatuto de autonomía avanzada para el Sáhara que pudiera convertirse en una referencia regional.

Ello supondría llevar a su máxima expresión la iniciativa presentada en 2007: un gobierno autónomo saharaui con amplias competencias legislativas y ejecutivas, capacidad efectiva de gestión económica en un marco de cooperación con el Estado, y pleno respeto a la identidad cultural saharaui como realidad colectiva y sujeto político —no como mera categoría geográfica o demográfica.

Una fórmula de este tipo constituiría una demostración de confianza de Marruecos en la solidez de su propio proyecto nacional, lo suficientemente robusto como para integrar —e incluso enriquecerse con— una singularidad distintiva. La aspiración compartida de paz, desarrollo y normalidad en las provincias del sur podría encontrar así una concreción institucional estable y creíble.

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Paso de Guerguerat, Marruecos – ATALAYAR/ GUILLERMO LÓPEZ

Desde el Movimiento Saharauis por la Paz (MSP) hemos defendido desde nuestros inicios una solución sin vencidos ni vencedores. Al mismo tiempo, hemos advertido sobre los riesgos de reproducir fórmulas fallidas en otros contextos, como las experimentadas en Eritrea, Sudán del Sur o el Kurdistán iraquí en determinadas etapas históricas.

Por ello, consideramos que un modelo inspirado en experiencias exitosas dentro de Estados unitarios, como la de Groenlandia (y, en el mismo sistema danés, las Islas Feroe), o en otras como el Kurdistán iraquí actual o las autonomías de Cataluña y el País Vasco —acompañado de garantías internacionales claras y de un mecanismo de implementación riguroso— reúne condiciones reales para cerrar definitivamente la crisis. Ofrecería a la población saharaui aquello a lo que legítimamente aspira: autogobierno efectivo, dignidad política, desarrollo económico y un horizonte estable. Al mismo tiempo, preservaría la integridad territorial de Marruecos y abriría nuevas oportunidades para la cooperación regional en el Magreb y el Sahel.

Existen, sin duda, diferencias históricas importantes, pero también elementos del contexto actual que persuaden e invitan a explorar cuanto antes una fórmula de este tipo: la persistencia de un conflicto armado latente, la permanencia del expediente saharaui en la agenda del Consejo de Seguridad y de la Cuarta Comisión de la ONU, y la continuidad de una operación de paz como la MINURSO. Esta última evidencia el carácter aún inconcluso del proceso y, ya sea por su mera prolongación o por una lectura frecuentemente sesgada y selectiva, alimenta el independentismo radical.

Ante una propuesta generosa, creíble y garantizada internacionalmente, cabría preguntarse qué razones objetivas podrían justificar la prolongación indefinida del conflicto. Argelia, socio estratégico y vecino imprescindible, podría encontrar en este marco una oportunidad para pasar de una lógica de rivalidad a otra de cooperación trilateral en ámbitos tan sensibles como la seguridad, la energía o el desarrollo del Sahel, convirtiéndose así en actor clave del arreglo y garante de la estabilidad regional.

Para el MSP, para el Frente Polisario y para el conjunto del pueblo saharaui, se abriría asimismo la posibilidad histórica de transformar décadas de lucha en un proyecto de gobierno responsable y constructivo, dentro de un marco de paz y legalidad internacional supervisada.

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Campo de refugiados saharauis de Smara, en Tinduf – REUTERS/BORJA SUÁREZ

No es necesario ser danés ni groenlandés para comprender esta lección. Basta con adoptar una mirada pragmática y una voluntad política valiente. La experiencia de las comunidades inuit de Groenlandia, que han logrado combinar identidad cultural propia con un autogobierno efectivo dentro de un Estado unitario, ofrece enseñanzas valiosas sobre autonomía avanzada y cooperación institucional. El modelo demuestra que la alta política consiste, precisamente, en superar los lastres del nacionalismo excluyente del siglo XX para diseñar soluciones propias del siglo XXI: más inclusivas, cooperativas y orientadas al bienestar de los pueblos.

El Magreb difícilmente puede permitirse seguir prisionero de un conflicto que limita su integración, debilita su seguridad y frena su potencial económico y humano. Una autonomía avanzada en el marco de la soberanía marroquí, siguiendo la lógica de integración flexible que ha funcionado en Estados unitarios como Dinamarca, con sus modelos de Groenlandia y las Islas Feroe, no debería interpretarse como una concesión, sino como una inversión estratégica en paz, estabilidad y futuro compartido para las próximas generaciones. En ello reside, quizá, la verdadera definición de la madurez y la voluntad política necesarias para cerrar el largo y doloroso conflicto del Sáhara Occidental.

Hach Ahmed Bericalla, primer secretario del Movimiento Saharauis por la Paz (MSP)

https://www.atalayar.com/opinion/hach-ahmed-bericalla/leccion-groenlandesa-sahara-occidental/20260115094401222369.html


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