El Frente Polisario y los vientos que sembró
El viejo refrán “quien siembra vientos, recoge tempestades” define con cruel precisión la trayectoria del Frente Polisario
Muchos de quienes integraron su núcleo central —compañeros de lucha, de juventud y de ideales— se erigen hoy en sus críticos más severos. Son testigos privilegiados de cómo un proyecto que nació para la liberación ha conducido, paradójicamente, al exilio perpetuo y a la guerra, colocando al pueblo saharaui en un limbo al borde del abismo.
Cincuenta años después de alzarse en armas contra España con la promesa de independencia y dignidad, el Polisario llega exhausto a una encrucijada terminal. El desgaste histórico, los errores estratégicos, la deriva autoritaria y la fractura interna han terminado erosionando su credibilidad y la viabilidad de su proyecto independentista.
La reciente resolución impulsada por Estados Unidos en el Consejo de Seguridad a finales de octubre —que apuesta por una solución política basada en una autonomía bajo soberanía marroquí— ha terminado por enterrar en la práctica el viejo sueño de una “república platónica” en el Sáhara Occidental.
La amarga ironía es que esta fórmula se parece demasiado a la propuesta que España puso sobre la mesa en los últimos días del franquismo y que el Polisario despreció y dinamitó en un acto de soberbia que precipitó la salida española y la firma de los acuerdos de Madrid con Marruecos en 1975.
La respuesta del Polisario, un acto de miopía infantil, tuvo consecuencias catastróficas: confundió la intransigencia con el honor y optó por intensificar los secuestros y la guerra de guerrillas sin calibrar el contexto internacional. Así, con sus propias manos, cavaron los cimientos de una realidad que hoy la comunidad internacional —y gran parte del pueblo saharaui— percibe como un error histórico de proporciones monumentales.
Deslumbrados por la retórica revolucionaria de Gadafi y, sobre todo, por sus petrodólares, aquellos jóvenes fundadores —pobres y fascinados por el romanticismo de las guerrillas del Tercer Mundo— abandonaron un proyecto inicial marcado por la ambigüedad: nunca quedó claro si aspiraban a la independencia de la excolonia española o a su integración en Marruecos, como sugerían sus primeras pancartas de 1972. Por inmadurez e inexperiencia, se dejaron seducir para implantar en el Sáhara Occidental una franquicia de la Yamahiriya libia, sin reparar en que un experimento así equivalía, a ojos de Occidente, a un enclave pro-soviético en pleno Atlántico. El precio de esa temeridad lo pagaron los saharauis con sangre, exilio y medio siglo de incertidumbre.

Soldados del Frente Polisario desfilan durante las celebraciones del 35.º aniversario del movimiento independentista – PHOTO/REUTERS
De la “liberación” al limbo
El núcleo fundador del Frente Polisario surgió en la paupérrima localidad de Tan-Tan, en el sur de Marruecos, con escasos vínculos tribales con la población del Sáhara. La mayoría de sus primeros cuadros, educados únicamente en árabe y con formación limitada, miraron desde el inicio con desconfianza a la élite saharaui tradicional y a los jóvenes formados bajo la administración española, que habían conocido un nivel de vida y de expectativas sensiblemente superior.
En lugar de integrar el capital humano hispanoparlante —más formado y socialmente más estructurado—, el Polisario optó por marginarlo dentro de una estrategia de “ingeniería social” destinada a fragmentar el tejido interno. Al sustituir una identidad compartida por la primacía tribal, se debilitó deliberadamente la cohesión social y se facilitó el control político. La maniobra fue simple: enviar a los más capacitados a un “exilio diplomático”, mientras los cargos políticos y militares clave se concentraban en el círculo de Tan-Tan, donde afinidad personal y cálculo de poder dieron forma a un liderazgo endogámico y hermético.
Lo que nació como un movimiento de liberación se convirtió en una estructura de poder opaca, más cercana a una secta que a un proyecto político moderno, dejando al pueblo saharaui atrapado en un limbo sin salida.
En los campamentos de Tinduf, la dirección intentó implantar una utopía maoísta ajena a la cultura saharaui. Se llegó incluso a recomendar no practicar el ayuno del Ramadán en nombre de un “progreso” mal entendido. Se humilló a los notables tradicionales —incluidos ex procuradores de las Cortes Españolas— relegándolos a tareas menores. Las familias nómadas quedaron confinadas en campamentos de refugiados, sometidas a normas y prácticas extrañas.
La injerencia en la vida cotidiana alcanzó niveles grotescos: se decidió incluso qué se cocinaba en los hogares. Se fragmentó el núcleo familiar imponiendo etiquetas como “revolucionarios” y “reaccionarios”, “patriotas” y “traidores”. Esa semilla de odio echó raíces profundas que aún hoy contaminan las relaciones entre parientes. Las mujeres fueron organizadas en comités uniformados, con tareas marcadas y coros preparados para aplaudir al estilo coreano a los líderes de la “revolución”. Este orden superficial ocultaba una maquinaria de control opresiva, propia de un régimen orwelliano, instalada en plena hamada argelina.
A la sombra de este sistema, cientos de saharauis fueron arrancados de sus tiendas o de sus unidades militares bajo acusaciones tan ridículas como infundadas. La cárcel secreta de Rachid se convirtió en el epicentro de la represión: ejecuciones extrajudiciales, torturas medievales, hambre programada y humillaciones sistemáticas dejaron una cicatriz indeleble en la memoria colectiva.
El cinismo alcanzó extremos obscenos: mientras se acusaba a inocentes de colaborar con el enemigo, muchos jerarcas tenían a sus propios padres en el ejército marroquí y trasladaban a sus familias al territorio para beneficiarse, sin sonrojo, de las ayudas de este “enemigo”.

Campamento de refugiados saharauis de Smara, en Tinduf, Argelia – REUTERS/BORJA SUAREZ
El derrumbe moral
Desde entonces, el deterioro ha sido imparable. Miles de personas —incluidos dirigentes históricos y comandantes legendarios— han abandonado el movimiento buscando refugio en Marruecos. Tras el alto el fuego de 1991, muchas familias emprendieron un éxodo silencioso hacia Mauritania, Europa o España. El Polisario se ha ido vaciando, poco a poco, de su capital humano más valioso.
El sectarismo, los abusos de poder y el inmovilismo han reducido el apoyo social a mínimos históricos. Una parte creciente de los saharauis duda ya abiertamente de la viabilidad de un proyecto independentista secuestrado por una dirección envejecida e inepta. Mientras mantenía a las masas en condiciones extremas en Tinduf, la élite del movimiento enviaba a sus familias a Europa, lejos del exilio y la guerra. Paradójicamente, quienes usaron el discurso antiespañol para marginar a la población originaria acabaron compitiendo por instalarse en España para instruir y moldear en la “cultura colonial” a su “prolífica” prole.
Para muchos saharauis, Marruecos ya no es el enemigo “mítico”, sino un mal menor, una oportunidad o simplemente una garantía de estabilidad frente al caos de un movimiento revolucionario que hace tiempo se quedó sin revolución, sin hoja de ruta y sin futuro.
A los saharauis del territorio, los principales damnificados de esta larga travesía, les corresponde sacar conclusiones y recuperar el protagonismo que durante décadas les fue negado. En vez de seguir siendo figurantes o “tontos útiles” de intereses ajenos, deberían asumir las riendas de su destino y encaminarse hacia una salida honorable que les garantice estabilidad y prosperidad en su propia tierra.

Paso de Guerguerat, Marruecos – ATALAYAR/GUILLERMO LÓPEZ
“La fiesta del chivo” saharaui
Irónicamente, la organización que prometió liberar al pueblo saharaui terminó siendo su peor maldición. Al sacrificar normas sociales, libertad individual y sentido común en nombre de una causa absoluta, administrada por lealtades tribales y pandilleras, el Polisario sembró los vientos que hoy cosecha: aislamiento, descrédito y un proyecto político agonizante.
Medio siglo después, el balance es desolador. Una parte significativa de los saharauis lamenta haber sido arrastrada por la banda de Tan-Tan a una aventura marcada por la ambición y la improvisación. Y no pocos experimentan un alivio amargo —pero alivio al fin— al comprobar que la república “platónica” nunca llegó. De haberlo hecho, quizá habría degenerado en una versión africana de “La Fiesta del Chivo”, dando lugar a una tiranía alimentada por rivalidades tribales, represión y, probablemente, guerra civil.
El tiempo y la historia acabarán poniendo a cada cual en su sitio: a quienes buscaron soluciones realistas y a los dirigentes del Polisario, aferrados a un proyecto imposible que solo ha producido sacrificios y dolor. Hasta entonces, queda una certeza amarga: una causa que prometió dignidad terminó devorada por sus propios vientos, dejando un pueblo exhausto y fracturado, obligado a reinventar su futuro sin quienes juraron levantarlo y acabaron hundiéndolo.
Hach Ahmed, primer secretario del Movimiento Saharaui por la Paz (MSP)
https://www.atalayar.com/opinion/hach-ahmed-bericalla/frente-polisario-vientos-que-sembro/20251216121937221548.html



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